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El Ignis Fatuus, relato fantástico Nora Guevara

El Ignis Fatuus Fue en la Era Media, época que los grandes sabios han situado entre los siglos XX y XXIII que ocurrió el gran desastre. En ese entonces la gente tenía la ridícula creencia de que dominaba el fuego, pero ahora, luego del gran desastre, sabemos que estaban equivocados. Nadie, nunca dominó el fuego, es él quien nos domina y para poder demostrar la veracidad de esta afirmación les pido que se detengan a observar el caprichoso comportamiento de un hilo de fuego. Enciendan un pequeño fuego en cualquier lugar, de preferencia en un bosque o en una casa y traten de comunicarse con él. En primer lugar, examinen sus movimientos, perciban cómo cada sinuosidad y contorneo se entrelazada con la luz, el aire y la temperatura de nuestros cuerpos. Esto ocurre porque el fuego intenta comunicarse a través de un lenguaje que para algunos es imperceptible, pero no para nosotros, que lo hemos estudiado en detalle, es claro y preciso. El fuego, que durante la Era Media fue catalogado una fuerza irrefrenable de la naturaleza es, en realidad, un dios muy poderoso y quienes estamos a su servicio, los llamados conductos del fuego, antes catalogados como pirómanos o desequilibrados mentales, hoy somos las sacerdotisas y los sacerdotes que desciframos sus mensajes y nos aseguramos que sean escuchados y obedecidos. Un 23 de junio de 2576 Sonia, la sacerdotisa suprema del fuego, ordenó atar seis tributos a los postes de madera levantados frente al altar del dios del fuego fatuo. A lo lejos, la multitud observaba expectante. Justo a la medianoche, el Ignis Fatuus se levantó en la forma de leves llamaradas desde las oscuras fosas de los sacrificados y se desplazó siseando sobre la multitud. Los presentes, que seguían con la vista las múltiples llamaradas, se postraban a su paso y cerraban los ojos llenos de respeto y temor. La sacerdotisa, abriendo los brazos invitó al fuego fatuo a escoger entre los tributos a quien mereciera el honor de hacerse uno con su dios, momento en cual las llamaradas formaron una bola de fuego que envolvió a una de las elegidas. Mekong, Mekong, gritó la sacerdotisa y la multitud celebró con vítores el momento en que cuerpo incendiado se retorcía, hasta convertirse en un montón de cenizas humeantes. Los tributos que resultaron despreciados por su dios, lloraban. Solo la familia de Sonia, gracias al sacrifico de la niña, tendría el honor de entrar al reino de los siete puentes, en donde no se pasa sed ni hambre, en donde no se enferma ni envejece, un lugar en el cual tendrían el honor de mirar el verdadero aspecto del fuego fatuo, de tocarlo y hacerse parte de su Universo. Éste era el privilegio que Sonia le regaló a su familia con su sacrifico y también era el servicio que había prestado a la humanidad, puesto que, gracias a ella, todos podrían vivir un ciclo más lejos de la ira del fuego, que más allá del gran muro, arrasa con los no creyentes. Para terminar la ceremonia, la familia de Sonia fue llamada al umbral del reino. Su madre, su padre, sus hermanas y hermanos se inclinaron con respeto frente al cadáver calcinado de la niña, para luego cruzar el inmenso pórtico decorado con una gran variedad de figuras talladas a mano que se retorcían como luciérnagas en la noche. Tras la puerta, un bosque. Al otro lado del bosque, un camino amurallado. A ambos lados del camino, sendas filas de quimeras acorazadas portando tridentes les hacían los honores. Al final de camino, sobre un acantilado, en cuyo fondo inmensos ríos de lava regurgitaban fuego, siete puentes adornados con piedras preciosas los esperaban. - Esta es la prueba de fe. Escojan sabiamente el camino del fuego fatuos-, dijo la sacerdotisa. No hay vuelta atrás. La familia sintió miedo. -Esto no es lo que nos prometieron. Las quimeras, sin dudar, los picaron con las puntas de sus lanzas y así, con los cuerpos heridos y ensangrentados, apretujados y llorando como niños tomados de las faldas de sus madres, comenzaron a avanzar sobre los puentes colgantes que, como cuerdas de ahorcados se mecían sobre el profundo acantilado, hasta que dejaron de avanzar. Fue en ese momento que una enorme ave surgió desde las profundidades ardientes y se les acercó para convertirlos, con el solo roce de su ala, en un conjunto de cenizas, que desperdigas sobre el acantilado, se hicieron parte del fuego. Las quimeras, defraudadas, regresaron al umbral, en donde la gran sacerdotisa las esperaba. -No pasaron la prueba de fe. La muerte de la niña ha sido en vano. -Habrá que esperar un nuevo ciclo para descubrir cómo salir de este maldito acantilado-, contestó la sacerdotisa, quien dio media vuelta y se fue, mientras a sus espaldas, las quimeras cerraban, una vez más, el inmenso portón de roble.

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